Cultura

Los extraños mañanas (apuntes sobre una ideologia del fragmento) | José Carlos Sánchez-Lara

Foto de Clarisse Croset na Unsplash

La misma teoría debe anticiparse a su propio destino. Debe prever cualquier pensamiento de los extraños mañanas. De todos modos, está condenada a ser desviada, desorientada, manipulada. Por consiguiente, es mejor que sea ella misma la que se desvía, que se desvíe de ella misma. Si busca unos cuantos efectos de verdad, tiene que eclipsarlos con su propio movimiento” 

                                                                                                         (J. Baudrillard)

 

 

  1. (Del surco blanchotiano a la geometría de Mandelbrot)

□ El fragmento no obliga nada. No se anticipa. Ni guarda para él sino ese deseo de salir del mundo. 

Continúa fragmentándose, no en el avanzar que busca un fin, en la ambigüedad de un resquicio donde pueda desprenderse. Hacia un desmoronamiento definitivo del que ya la literatura no sea responsable. 

Que todo fragmento que se abre, se ha cerrado. Que todo palmo de agua, contiene su Pacífico.  Que en las tramas de un bonsái, están las transferencias de su réplica. 

      

Sin embargo, no se piensa a sí mismo como un arte de la ruina. No puede dedicar su energía a lo que fue, debe mantenerse íntegro. Enquistado en su dorso. Para él no hay posterioridad ni apertura. “En mi principio está mi fin” (T.S.E): ese es su principio. 

Aspira, comporta desde siempre, esa “voluntad de borramiento” que Louis-René des Forêts achacaba al evasivo Maurice Blanchot. Su seca expectativa es el vacío. Capacidad de residuo, partículas textuales que sobrenadan, tras haberse fracturado.

 

Tuberculoso como K, tuberculoso como B, tuberculoso como el otro Bi el fragmento: aquel sobrevivienteii.

 

Prontuario de la historia de escribir. De la geografía gangrenosa de un arte que, siendo cal, le (im)puso al mundo sus preguntas.  ¿No aluvión que prende del instante roto? Allí donde se acude, con la resistencia del lisio que sostiene su cuchara. Cuchara insostenible y que es todo para aquel, así el fragmento a la realidad del hoy en la escritura. 

 

Perentoriedad de lo fragmentario. Necesidad que su estructura nos alumbre. No en la búsqueda del estilo, en el intersticio más allá del emblema (tótem) donde, socorridos, contenidos por aquel, nuestra escritura pueda atisbar su cordón de hielo. 

Porque nada limita más la euforia de un escritor que las demarcaciones del fragmento. Sus estacas.  También delimita, pone fin a sus obcecaciones: manías de grandeza. 

Maquina visual, conceptual que, opuesta al “gigantismo” flaubertiano y la totalidad de Schopenhauer, muestra las aristas de un término sellado antes de Nietzsche. 

 

□   Se sabe, comienza en Pascal. También se sabe lo que sigue. 

 

Vía móvil, y antes de dialogar con su caballo, Nietzsche reveló a Blanchot el número de habitación donde yace oculto el principio del fragmento.  Sin embargo, no le dio la llave.

Blanchot anduvo (los pulmones inflamados) probando (caja por caja, piso por piso) todas las llaves del hotel Literatura hasta que, con el filtro de un cigarrillo pudo abrir, se oyó girar el picaporte.

El Principio del Fragmento no estaba en ningún lugar. Blanchot tuvo que reconstruirlo, libro a libro, fragmento a fragmento hasta que uno de sus pulmones colapsó, dejándole sólo fragmentos de oxígeno.

Con partículas de aire no fue posible sino reducir a tiras el aforismo de largo aliento que F. Nietzsche trajo a la filosofía germana.

Blanchot parte en dos el guijarro del aforismo Nietzscheano, lo(s) mete dentro de un pan.  

 

Después: Escribía notas (fragmentarias) en aquellas consultas sobre bacilos y pulmones.  

La nueva literatura parte en mil una sola partícula de aquellos guijarros. Con una de aquellas mil, construye una galaxia.

Galaxia fractal de naturaleza no especifica, refractaria al lente visor.  

□ La secuela fragmentaria del fragmento (ya sedimentado en el lenguaje y vuelto lenguaje) sólo es posible expresarla desde una videncia también fragmentaria, mínima. 

Secuelas de aquellos golpes (humanos) que sólo puede ser expresadas desde un lugar de vacío.

 

Presentarlos sin un orden. Del flujo inconsciente al papel. Ni apuntes ni aforismo, pavesas frías de lenguaje. 

Desaparecidas, las esquirlas del fragmento, al latifundio de la lengua, al cansancio histórico de la literatura, encontradas, sin embargo, por el aura del lector. 

Muertas, no al estigma del escriba que los muros execraron. Zona de caspa que el folículo, al romper, distingue. 

Fragmento, ruido que suena, allí donde no se escucha, donde escuchar integraría su invisible-inaudible.

Que le desune, por depresión del lenguaje, por hundimiento del texto al que su vida está amarrada. 

Parásito. Untado a las paredes del lenguaje para no caer y oxidarse, naufragar en el río estruendoso del estilo, del ejercicio del libro. 

Detrás de aquel cansancio, de su negativa a seguir, de insertarse en la pantomima del ególatra:  fragmento fractal (refractario al Canon). 

No por extensión del instante al Aquí profundo, y que no vuelve. Del no saber, al zozobrar, sino aquello que lo torna pavoroso, borde del quiste que toda palabra trae consigo. Donde ya decir no evita su derrumbe.

La vigilancia del fragmento sobre su ser móvil. Como si pudiera “dar vida a lo partido”. Estallado en su rostro para, entonces, adherirse. Destruirse más, despedazarse más, no importa en cuáles cajas caerán sus vísceras, en cual rincón su desmemoria.  Aquel que, castigado al vacío, se empeña en colaborar. 

De su intrincado silencio, que grita más que todo.

Sólo entonces, ante el desatino de la Historia y la encerrona del oficio, se proyecta el fragmento en su capacidad de abrirle, al lenguaje, su surco rojo; de otorgar significación al sinsentido de la mimesis.  Herido se duplica por sus vórtices.   Una partitura de la grieta. Esa, blanca, que el lirismo evita. Aunque el fragmento tenga su “lirismo”, su tiempo de lamerse lo amputado. 

 

□ ¿Y cómo se siente lo perdido, lo arrebatado por lo terrible, sino como ese fragmento que (ya) no queremos recuperar porque carece de (sus) vínculos? ¿No es todo aquello lo que barrena hasta lo insoportable?

Lo perdido con los años, va adquiriendo, a medida que rostros y frases se desvanecen, una piel amorfa que recubre la intensidad de su dolor. Toda pérdida se vuelve con el decursar, fragmento. Su totalidad nos quebraría. 

□ Si hay que entrar en la muerte que sea por el fragmento. Aquel nos sobrevive. 

 

□ Le preocupa lo que sigue a su fin: interioridad del silencio que se extiende entre cuadros de lenguaje. El silencio es el sentido, y no el sentido que al fragmento se otorga. De aquel adquiere su proyección, su molde. 

En Cuasiiii, de un terreno devastado, donde el lenguaje se incorpora y recoge sus partículas para seguir viviendo.  Después inserta esos raros bloques. Lo simbólico no puede avanzar, la pertenencia negativa prefabrica un escenario donde lo lírico se hunde.  Al ayer se le caen los dientes y la palabra calla, suicidándose. Aquello, sobre la destrucción de alguna épica, levanta ese teatro de escritura. Dándole al fragmento sus Tablas de la Ley. 

No cree en lo precedente porque no culmina. Ello flota entre dos piedras: el Ayer y el Después de la palabra. De la cual depende para su extinción, tan ultima que no acaece ni demora. Algo lo traspasa y disminuye. Como (en) la muerte: ¡no hay término! Daño que causa en el Decir. Stroke al cerebro mismo de la Lengua.  No cree en lo ulterior porque no hay inicio. 

Ausencia es la unidad del libro, pero en su médula, dureza del lenguaje que al no-decir se descompone y duplica en descrituras.  El alarido que no se articuló, tal vez su sombra. Un cuasi que nos “queda balbuciendo”. 

□ Comienza en Pascal, el estilo del fragmento y el pánico a la naturaleza. “Una esfera infinita–––“espantosa”, había escrito y lo tacharon sus editores–––– cuyo centro está en todas partes y ninguna”.  Unidades de lenguaje matemático disparados desde un centro, rebotan en los bordes del círculo sin límites.   Su escritura nos previene del acoso de Dios y de los otros, tanto como de la ineficiencia del estilo, sin el cual Montaigne es nada.  

El tumor cancerígeno de Blaise Pascal se origina en su horror a esa fractura del estilo conque explicar su relación con Dios. Su revelación del fragmento se origina en la experiencia mística ocurrida una noche del 23 de noviembre de 1654. 

De Torricelli aprendió el orden y regencia del vacío (rector y comunicador de la naturaleza y de ningún modo contrapuesto al orden de las cosas): El cual no está constituido por ninguno de los elementos (perceptibles) que nombran el Afuera.

 Pascal vio en las combinatorias de los triángulos una analogía de la Metafísica y la Religión. Su hexagrama místico (aborrecido por Borges) es a la Exégesis lo que la geometría de Benoît a las artes plásticas.  

También Leibniz, Newton, Spinoza o el zorro Descartes, atacaron a Pascal cuando afirmó la existencia (presencia) del vacío.  Escritores de la totalidad vs escritores del fragmento. 

En su Tratado del Triángulo Aritmético, Pascal instaura las bases de la Geometría Proyectivaiv, lo cual es todo para Benoît. 

En La de la naturaleza, Benoît intuye, reimagina (sin saberlo acaso) las bases de una nueva literatura (ojo izquierdo del proyecto F).  

Atracción por aquel lugar del lenguaje desprovisto de abundancia.  La naturaleza del lenguaje soporta mejor el vacío que lo abarrotado. El vacío es su PH.  

 

Poesía no es enemiga del vacío, no se propaga por evitarlo. En los intersticios del poema caben tanto aquel como su opuesto. Aunque el primero es su casa, su estado primordial.  Y es de su predilección por el vacío y de su repugnancia por la saturación de donde proviene la partícula poética. 

 

“Fracturarla en sintagma y concepto” ¿no es el mensaje textual que su historia lanza a los poetas?  

 

La fractura poética es la fase superior del fragmento, continuación de un legado filosófico, estético, que cambió el orden al estudio, al ejercicio de escribir. 

 

□ El Barroco detesta el vacío, aquel genera su angustia expectante, su neurosis de proliferación. Lo fragmentario del lenguaje, como la naturaleza, aborrece la excesiva plenitud: sobreabundancia.

 Tras su proliferación “se oculta la eminencia gris de la política”v, de apetencia de poder.  

 

Lo fragmentario se establece para acabar con la ansiedad de una escritura. Y con la regencia de aquella escritura ansiosa sobre la historia del arte de ____________. Lo fragmentario esculca el horror vacuis que es madre del Barroco.  Y tendrá que fragmentarse, si es preciso, lo fragmentario, para extirpar esta entropía o su neurosis. 

 

La dialéctica del fragmento radicaría en esa relación residual con el lenguaje, sin el cual el primero no es. 

Para el Barroco como para las falanges radicales en política, la alteridad no es posible. El axioma ‘conmigo o contra mí’ es su inherencia, lo cual se resuelve en otra variante: la de un sistema lingüístico contra-sí. 

 

Al instaurarse como “trascendencia del valor”, reclama un espacio de poder que desmaterializa (desmantela) cualquier relación que no sea la del “sometimiento”. Y es que hay, en la colonización que aquel impone sobre el lenguaje, una suerte de control de los otros territorios conceptuales del poema; de otras posibilidades de ejercer la literatura, coerción de su autonomía. 

No es el bloqueo del sentido (lo cual poco importa en poesía) lo que hace del Barroco un movimiento tiránico y predecible; sino el peligro de que (en su obstinado reproducirse) el sentido quede relegado a aquella sobreabundancia de la imagen, esencial a Lima o Coral B. 

 

Esa circunstancia mercantil del Barroco donde sólo se origina baza de la división infinita del objeto, de su decursar simbólico en términos de más y de ningún modo desde una intención austera del lenguaje. 

El Barroco cree apoderarse de la función de la poesía a través de la proliferación, del “llenado” total y continuo del espacio. Y esta idea es opuesta al carácter ascético del fragmento. Residuo que aparece por fatiga, por aquella multiplicación entrechocante entre las palabras que termina por abolir el sentido, incinerándolo.

En algún sitio del lenguaje está la ausencia que el Barroco insiste en apropiar como si no fuera suficiente con la esencialidad del texto. 

Como aquella idea no ajena a Bvi sobre las posibilidades del objeto, en poesía la proliferación lingüística bloquea el significado, o embota el pathos del lector. Generando ya no disfrute: toxicidad.

Se argüirá que más allá de su desciframiento, es en aquella saturación cíclica donde radica el valor de la literatura Barroca. (El valor-Barroco radica en su sonido, ¿es el reino de la acústica, más que el de la imagen, su absoluto?). 

Aunque en lengua castellana, escabullirse del Barroco pudiera resultar una utopía.

Así admite una sola libertad: la del abarrotamiento, del derroche del signo, sacrificando incluso al Significado. (De la página. ¿Por qué cubres completamente su vacío, el espacio abierto, perfumista JK?) 

 

Toda escritura del horror vacui es proporcionalmente opuesta a la fracturación que viene del fragmento. No ansía abarrotar las páginas.   Ni es su función propagarse en los espejos de la habitación lenguaje.  

 

Fractal al sub-dolor se incluye. A lista de esenciales.  Prefigura la verdad del texto, literaturas por venir. Fragmento: Il mio fraterno nemico. 

 

□ No lo que allí está contenido (significado) también su forma es inherente a nuestra época, más que las obras de la totalidad. 

¿No es aquel lo que se ha impuesto en la futilidad (vital) de la modernidad? La velocidad del siglo no quiere acoquinarse, como aquella línea del Ulises de Joyce, a cavilar. Baste, de la piedra, una pequeña esquirla. También en literatura. También en un tiempo que se acaba, afortunadamente para el ser.  

Pese a todo es en el fragmento, más que en todas las formas de la literatura, donde el indicio de la muerte sobrevive. Aquel hace un culto a la desaparición. De la forma, y del autor. 

 

Y tendrá que fragmentarse, particularizarse, para sobrevivir, asomar su cabeza, entre otras escrituras, el fragmento, a fin de decirlo todo. 

 

Decirlo todo desde la imposibilidad del fragmento y su secreto plan: dividirse para unirse al orbe opacible que Louis-René des Forêts achacaba al desaparecido B. Lugar del humo donde la partícula pueda respirar, drenarse. 

 

De un arte que, siendo cal, le (im)puso al miedo sus cuestiones. 

 

Ponte los lentes: cavador, reciclador:  El correlato referencial minimizado por la intensidad formal, estructural. El principio de refutación del que habla M.B. Literatura comienza cuando aquella se convierte en dilema y es ahí, en esa afirmación, donde la escritura debe cavar.

 

Claro, en el tiempo de la fabricación hay retazos que caen fuera de la página. Y esos son, te advierto ya, los elementos útiles. Los que realmente pertenecen a la página. Destruye la página, te digo. Superpón sobre el texto grande las partículas fracturadas que la tradición excluye.

 

Pregunta: ¿Por qué el fragmento es lo fracturado, la parte mala del texto, lo tuberculoso mismo que no podemos revertir? Respuesta:  Porque el fragmento es lo fracturado, la parte mala del texto, lo tuberculoso que no podemos revertir.

 

Fractulosis por la palabra filosa, fibrosa, en las células mismas del cuadrado blanco. Del centro inerme. 

 

Sin embargo, al voltear y enfrentar sustratos del fragmento de Maurice B, con helor profundis percibimos.  Hay en su calidad aquel abismo geométrico, idéntico a un pulmón diseccionado y  a los dibujos lingüísticos del Copo de H. von Koch. 

 

 

Extraído de la encía del lenguaje: muela rota. Lo mínimo de lo mucho.

 

Notas

 

i El trio de los tísicos: Kafka, Blanchot y Barthes.

 

ii En el cuerpo mismo del lenguaje.

 

iii Rito Ramón Aroche,  Cuasi, Editorial Letras Cubanas, Habana, Cuba, 1997.

 

iv Piedra angular de la teoría del Cálculo desarrollado por Leibniz.  

 

v Jean Baudrillard, Cultura y Simulacro, p. 12, Editorial Kairós, Barcelona, España, 1978. (Algunas páginas pueden diferir en la edición online).

 

vi Ver en Contraseñas, de Jean Baudrillard, los capítulos: “El objeto”, “El valor”, “El intercambio simbólico”, pp. 13-27. Jean Baudrillard, Contraseñas, Anagrama, Barcelona, España, 2002.

 

Legenda: “Los extraños mañanas (apuntes sobre una ideologia del fragmento)_4”: fotografia de José Carlos Sánchez-Lara.

 

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