
Segunda Parte
La visita del insólito Ser
En la vasta extensión cercada de arbolado, sedosa pradera dividida por el curso en arco de un regato bien nutrido, a principios de otoño, cuando la Luna perseguía su plenitud circular, enigmático y apacible apareció el Ente.
El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y profesor eximio, receló siempre. Desconfiaba del Ser, presunto dios, inclusive en la época de general arrobamiento. No era para menos, la extraña apariencia: tanto el tamaño como la forma; ayudaba en alto grado despertando brazados de sospecha.
El Ente, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sonidos acompasados, sugerentes incluso para oídos insensibles a la cadencia ordenada.
En su interior impenetrable abrigaba, sin asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Libre de hambre y sed, en armonía con la agradable temperatura ambiente, actuaba como cualquier recién nacido satisfecho, aunque sin el gracioso braceo y el gesto encantador. Permanecía en el propio lugar de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior.
Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejiesen alrededor de su naturaleza.
El viejo Liparus pudo reconocer en él determinadas cualidades de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. Cierto, difería de las peculiaridades primordiales de los tres reinos; no parecía piedra ni planta ni animal. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado del deseo le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que distingue a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: semejantes atributos constituían hilos bordando la perfección de su índole.
Carecía, por el contrario, de la primera cualidad que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el curso de los acontecimientos, generadora de prodigios que resaltan una trayectoria extraordinaria. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, exteriorizaba, añadida, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta y los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor armonioso del agua al acometer meandros, desniveles y estrecheces; incluso por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desprenderse, anclaba Liparus su duda.
Quizás fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del corazón sensible, efectuaba raras muecas a cada instante. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carabídos y, su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que cambiaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos, uno tras otro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteración, método.
¿Prodigios?;
Consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos: argumentaban los partidarios, dirigidos por el coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicórneos:
¿Negligencia ante la creación?
Vino para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta.
Sí, su existencia es monótona y repetitiva, pero, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de copular y corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme.
Los religiosos vincularon con ese argumento más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad.
Aquilatemos el proceso de nutrición rechazando la gula: pidieron: Limitemos la cópula a las exclusivas exigencias de la propagación de la especie. Abracemos a los enemigos. Sólo de esta manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable. Y sentenciaron: La calma es el bien y el tumulto el mal; en la reducción de las necesidades se apoya la virtud.
Sorprende la inestabilidad de las convicciones generalizadas en la sociedad: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales, tachados de simples y parsimoniosos pasaron a ser percibidos como coherentes y equilibrados. ¡Vivir para ver!: pensaban los suspicaces.
El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de inmediata difusión y obligado conocimiento. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento de hacer uso de la fe. La Divinidad existe desde antes de los inicios, porque es el inicio; y seguirá cuando todo se extinga, porque lo conocido y lo sospechado tienen en ella su raíz y su tumba. La Divinidad no necesita engendrar descendientes, porque siendo única al tiempo es eterna.
Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, aparecía en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne, flanqueado por sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Inmovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia y dueño de todas las respuestas, preguntaba:
¿Qué razones tuvo la Divinidad para tomar cuerpo y venir con nosotros? Misterio. Enigma que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Vino, y eso debe henchirnos de orgullo y regocijo; quiso servirnos de guía y ejemplo, y eso, debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría irse; debemos cumplir al instante y hasta el último pormenor los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y divulgar sus mensajes con la asistencia de los discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso momento a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Además, contribuirán a nuestro parco sostenimiento.
Mientras todo lo dicho sucedía en la hierba que bordea el arroyo, el extravagante Ser continuaba su escasa actividad. La deidad, una cabeza redonda y plana de la cual surgían dos grandes apéndices desiguales, amorosos brazos dispuestos a cerrarse alrededor de cualquier elegido, daba leves señales de vida. La extraña entidad encarnada de esa guisa, carente de tronco y extremidades traseras, insensible al interés suscitado continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la emisión entrecortada de sonidos.
Sin estorbos dignos de ser tenidos en cuenta, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar, arcilla todavía húmeda recubierta con piedrecitas de colores, una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, golpeaba los élitros en homenaje a la Divinidad. Animosa, atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus desfilaba en estado de excitación combativa.
Jefes, soldados y buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que volvería respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la belleza de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida conseguido. Por último, se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, exigiendo tributos. Iba a presentarse la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros.
Distanciados durante una larga temporada, Dytiscus, Prionus y Carabus, habían de dilucidar quién de los tres ostentaría la supremacía. La fuerza proporcionaba argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega, tras ásperas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos: la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social.
Acordaron unir sus esfuerzos y tomar el poder formando un triunvirato de pares. Como primera medida sopesaron las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica, actividad superflua cuando se conoce cada palmo de las ramificaciones de la verdad. Sólo el temor al rechazo de los puristas les inclinó a penalizar las conductas en vez de los principios. Al día siguiente, Calathus Melanocephalus, obstinado practicante de la lógica; y Liparus Glabirostris, docente perseguidor de la certidumbre de los hechos probados; habían sido acusados de intrigantes quedando confinados en su domicilio.
Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con el propósito de introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó licencia para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratória, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el incremento del ejército coleóptero –soldados, armas y equipamiento- transgredía los acuerdos del pacto firmado después de la Gran Derrota. Se sumaron a la desaprobación, Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos, Blatta Orientalis, gran chambelán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, al ver en el creciente belicismo de los Coleópteros un peligro para preservar la paz existente entre los diferentes Órdenes.
Calathus y Agonum, en el intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios. Se ocultaron luego en la dermis telúrica y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden de los Himenópteros, vencedor de la Gran Guerra, que, tras un largo periodo de coexistencia pacífica, volvía a ser considerado hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron Agonum y Calathus el estudio de los numerosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales, un grupo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero amparado al asilo de los coleópteros, retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la sustancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de forma cambiante dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de diferentes días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y alcanzar la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes.
Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor puestos al servicio de Carabus Coriaceus, encontró el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos en sus cosas. Sufrieron los opositores un revés próximo al desastre y el Ser fue adorado en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema.
Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizada la intención común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, cargada de motivos para dar gracias a la Divinidad. Era indudable que, protectora de los crédulos, propiciaba el progreso con su sola presencia.
Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caducada, orgulloso de su fuerza paralizante llegó el frío y, en un lapso breve, fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida eclosionaba de nuevo y un grupo de críos de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, miedosos, cautelosos, los insectos todos percibieron la renovada calistenia de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado, en efecto, desconocían: Mirad, un nicho de arcilla adornado con piedrecitas de colores. Dentro hay un reloj de pulsera. La pila está ya en las últimas. Los números cambian muy despacio y la música casi no se oye, me lo llevo de recuerdo.
Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se hospedó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que los cruza. Solo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y después otro, recelosos o temerarios. Todo para descubrir que la Deidad había partido dejando vacío el altar adornado con cantos coloreados.
El Jefe Religioso Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su retorno. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Todavía quedaba alguna esperanza.
PSdeJ
Literato ibérico e iberoamericano, académico correspondiente de la Academia de Letras del Estado de Espírito Santo Brasil, galardonado, entre otros, con el Premio Internacional Vargas Llosa de novela, Pedro Sevylla de Juana nació, Tierra de Campos y El Cerrato, en Valdepero, Palencia y España. La economía de los recursos ajustó su comportamiento. Para entender a los mayores, aprendió a leer a los tres años. A los nueve inició sus estudios en el internado del colegio La Salle de Palencia. A los doce escribió una novela corta. Tenía diecisiete cuando llegó a Madrid para proseguir los estudios en Publicidad, Márketing, Psicología, Fotografía y Diseño gráfico.
A los ochenta ha publicado Cesáreo y yo. Memorias quase póstumas. el número treinta y siete de los publicados. Ha vivido en Valdepero, Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid. Pasando temporadas en Cornwall, Ginebra, Estoril, Tánger, París, Ámsterdam, La Habana, Villeneuve sur Lot y Vitória ES, Brasil. Publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, editor, investigador, crítico y narrador; colabora en diversas revistas de Europa y América, tanto en castellano como portugués. Trabajos suyos integran ocho antologías internacionales. Reside en El Escorial, dedicado por entero a sus pasiones más arraigadas: vivir, leer, reflexionar y escribir.










