
Entrevista realizada por Rolando Revagliatti
9 — En un certamen organizado por la revista “Arché”, que dirigía el poeta Pablo Montanaro, en 1992 obtuviste el Primer Premio por tu poema en tres partes titulado “Los artistas velan”. ¿Qué recordás de la elaboración de ese poema?
DC — No fue de una sola sentada: demandó varias etapas. Si bien las tres partes están claramente diferenciadas por los epígrafes, la primera se subdivide en dos: los héroes de la mitología con sus heridas y debilidades (Vulcano, Edipo, Sigfrido, Sansón, Aquiles) y los artistas con sus carencias, faltas (Rimbaud, Cervantes, Borges, Beethoven, Toulouse Lautrec, Vincent Van Gogh, Fijman, Baudelaire, Artaud, Milosz, Gérard de Nerval).
En la segunda parte están los suicidios. Siempre me había sorprendido el ciclo de suicidios que encadenaba a Alfonsina Storni con Horacio Quiroga y Leopoldo Lugones. Galtier me decía que los zapatos de Alfonsina se encontraron en el muelle, que no entró caminando al mar; yo preferí que empujara el mar con sus pechos heridos. Quiroga creo que apeló a lo que se daba en llamar “suicidio de las sirvientas”, con cianuro, producto que se compraba en las farmacias para ciertas tareas de limpieza hogareña. Lugones, en el recreo “El Tropezón” del Tigre, se suicida llenando un vaso con whisky y veneno para hormigas, atormentado por la imposibilidad de un joven amor. El suicidio de Hemingway, aficionado a la caza, me impactó por su violencia.
El premio organizado por la revista “Arché” consistía en la impresión de un tríptico, cuya tapa ilustraba un collage de Laura Dubrovsky, titulado “Obra en Construcción”, realizado especialmente. Con posterioridad, Laura trabajó plásticamente y diseñó la edición de “Estrellamar”. “Arché” hizo un tiraje considerable, lo que me permitió una profusa difusión. Uno de los llamados telefónicos más significativos que recibí fue el de Olga Orozco, quien por un lado me felicitaba y por otro “me retaba”, diciéndome que uno de los versos de mi poema apelaba a un hecho que no había ocurrido, que era falso, y que no me dejara guiar por las historias que inventaban los estudiantes de Letras. En el verso en cuestión digo refiriéndome a Pizarnik: “apoyando su boca pintada en la de una muñeca sin sonrisa”. La anécdota que circulaba, y que según Orozco era un invento de los estudiantes de Letras, era que en la cama donde se la encontró muerta a Alejandra, había una muñeca degollada y que esa muñeca tenía la boca reiteradamente pintada con lápiz de labios.
Conocí a Olga a través de Galtier; ella afirmaba que él había sido el primer poeta con quien se vinculó cuando vino a residir a la Capital Federal. Años después me llamaría en un momento crucial de mi vida, cuando acontecía un hecho que parecía confirmar la mala suerte que rodeaba diferentes actos que se hacían en homenaje a Fijman. Cuando yo vivía en Sarandí, preparaba todas las noches el bolso que llevaría al día siguiente para trabajar en mi consultorio en la ciudad de Buenos Aires; en ese bolso, entre otras cosas, había puesto seis hojas tamaño oficio con los manuscritos de Jacobo Fijman: poemas creados durante su internación en el Borda. En la mitad de la noche me había despertado a causa de unos ruidos y al salir del dormitorio me esperaban dos personas armadas que desvalijaron la casa; parte de lo robado se lo llevaron en el bolso en cuestión, en cuyo fondo estaba la carpeta con los originales de Fijman, que llevaba para hacer unas fotocopias que me había pedido el escritor y editor Alberto Arias, quien preparaba un libro sobre el poeta. Si bien la preocupación por lo robado me afectaba, mi mayor desconsuelo fue perder esos originales (de los que había una copia), sabiendo que los ladrones los descartarían por no asignarles un valor. En la mañana de ese día recibo otro llamado telefónico de Olga: me contaba que había puesto en una maceta un poema de mi autoría —impreso en un cartoncito— que yo le había mandado. Con cierta inocencia le pregunté si sabía qué me había pasado. Los poemas de Fijman me los había dado Galtier, supuse que ella debería saber, compartía con su amigo los misterios del conocimiento, a pesar de que él ya había muerto. Solo me dijo: “bueno, querido, por algo te estaré llamando”.
La parte más dolorosa fue la concepción de los versos finales, en los que menciono a escritores asesinados, incluidos en las listas de desaparecidos: Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, Miguel Ángel Bustos, Paco Urondo. A Héctor Germán Oesterheld lo sumé a través del “Eternauta”, sopesando que era representativo; además, la pronunciación de su apellido podía dificultar la lectura del verso. Es uno de los poemas más largos que escribí y cuya lectura me sigue emocionando.
10 — Has investigado y producido teóricamente sobre la caligrafía, y también sobre aquello que denominás “arrebato controlado”: la firma (en “El cuerpo en la escritura”). ¿Cuál es tu reconstrucción de la historia de tu letra, y qué has reflexionado sobre los avatares evolutivos de tu firma?
DC — En “Marea en las manos” trabajo poéticamente mis dificultades con la lectura y escritura: “Los dictados eran batallas/ con la cruenta seguridad de haberlas perdido/ antes de pinchar las primeras letras. / Mis hojas alteradas con tinta roja/ que se adhería a mis palabras/ dejándolas heridas de muerte”. Aunque leer me era más difícil que escribir, en la escritura mi dificultad mayor estaba en la ortografía (“recto-camino”). Durante años, ya grande, escribía omitiendo palabras, reemplazaba las que me traían dificultad, nunca ponía “vuelvo pronto”, sino “regreso pronto”, con lo cual evitaba la letra V. Esta experiencia me sirvió para interesarme por el origen de las palabras y construir familias de palabras, por ejemplo, el uso de la H. Agrupaba por pares opuestos, las H del frio y del calor. Del frio: heladera, helado, hielo…; del calor: hogar, hornalla, horno, hoguera… También me defendía argumentando que tanto Cervantes como Roberto Arlt eran disortográficos. Ponía en mi boca lo enunciado por Arlt: “yo no escribo ortografía, escribo ideas”.
Guardo los cuadernos de primer grado, con lo cual puedo ser testigo de mi caligrafía. Pero mi letra siempre estuvo pendiente del instrumento con el cual escribo. Las biromes que “patinan” sobre el papel distorsionan mi letra. Las herramientas que frotan y mantienen un roce con el papel me permiten una letra aceptable.
En cuanto a la firma, de niño me interesaba ver firmar a mi padre, lo hacía con frecuencia en su oficina: cheques, cartas y, por supuesto, los boletines. Era una firma de “arrebato controlado”, movimientos rápidos que dejaban un trazo superpuesto y concentrado. Lo más curioso era que sus firmas eran idénticas, cosa que no ocurría con mis intentos de firmar.
Al finalizar el secundario tenía una firma más o menos afianzada, que no difiere tanto de la actual. De grande me pareció que una persona analfabeta podría firmar, no necesitaba de las letras para lograr una firma, bastaba un gesto estabilizado que dejara una marca original, una imagen gráfica que lo representara.
11 — Artículos, ensayos… ¿cómo los encarás?
DC — Mantengo hace años un método de escritura ensayística. En cuanto ubico una idea alrededor de un texto (que se proyecta como artículo), y veo que puede desarrollarse, pienso un título provisorio que a veces viene acompañando la escritura desde los comienzos. Si la temática me convoca, suelo organizar títulos de capítulos y armo un archivo donde convergen ordenadamente citas sobre el tema y lo que llamo “escritos de emergencia”, ideas escritas en papelitos que luego reescribo. Los capítulos son como cajitas que se acomodan en una caja mayor, el libro.
En el ensayo se pone a trabajar una idea y se adopta una posición frente a un fenómeno. Ese poner a trabajar una idea es a través de la escritura, que escapa a la letra del tratado o la monografía. Hay artículos que tienen una orientación ensayística, en el cual se vislumbra algo diferente, donde se destaca una escritura que se corre de lo correcto.
12 — ¿Temática y formalmente tu poemario inédito sería un ejemplo de tu obra poética? ¿O se presenta como algo inusual?
DC — En “Amaramara” conviven poemas diversos, muchos de los cuales marcan una diferencia con mi producción poética. Hay textos inspirados en el cine (“Niños de cine”) que siendo inéditos se publicaron en la antología con selección y ensayo de Héctor Freire, “El cine y la poesía argentina”, donde también hay poemas tuyos. Otra sección corresponde a personajes de la ciencia y el arte: Freud, Pessoa, Mary Shelley, etc., y una sección con poemas de amor que dan título al libro. También una serie de poemas cortos en los que hablan los niños; en esa sección va, como en todos mis poemarios, un texto de un libro anterior: “En mi barrio/ Había una casa abandonada/ Y todos nos ocupábamos de ella”.
13 — En la novela breve “Prisión perpetua” de Ricardo Piglia, leo: “La literatura es una forma privada de la utopía.” Y cinco párrafos después: “Escribía muy bien en esa época, dicho sea de paso, mucho mejor que ahora. Tenía una convicción absoluta y el estilo no es otra cosa que la convicción absoluta de tener un estilo.” ¿Comentarios?
DC — Si la convicción es estar convencido, no creo que marquen un estilo, en todo caso lo empobrecen, porque lo que aparece como estilo es algo que escapa de la voluntad. Si se trata de convencer a partir de la seducción que ejerce todo rasgo de estilo, es otra cosa. Convicción es un término derivado de “vencer”, y en ese sentido todo estilo intenta vencer una dificultad. En “La discapacidad del héroe” dedico un apartado al tema del estilo, quizás inspirado en mis faltas ortográficas. Comencé escribiendo evitando palabras, hecho que se convirtió en mi estilo: “El estilo, tanto sea en el juego o en otros procesos creativos como es el arte, no está dado tanto por una característica de valor convencional o por alguna condición excepcional de la persona, sino que está marcado por la dificultad, por los obstáculos que frecuente e insistentemente dejan su marca”.
14 — Me cuento entre aquellos que no sabían que desde hace más de dos lustros que dibujás y pintás. Imagino que no has expuesto tus obras. ¿O lo has hecho en muestras colectivas? ¿Cómo fue el proceso de ir añadiendo este quehacer a tu vida? ¿Con quienes te formaste y por dónde rumbean tus búsquedas?
DC — En 1980 me vinculé con diversos artistas plásticos que ilustraron mis poemas. Ernesto Pesce, Roberto Tessi, Raúl Ponce y Pablo Solari participaron de una muestra que hicimos con el grupo Quipus. También, con los dos últimos, participé de concursos obteniendo premios. Además, era común que te obsequiaran las obras, con lo cual fui armando una pequeña colección con historia. También mantengo una amistad con Blas Castagna, quien pintó un “Fijman Niño” dedicado y obsequiado cuando presenté “El cristo rojo”. Además, prologué un libro de poemas de Laura Haimovichi, ilustrado por Adolfo Nigro, a quien conocí en las reuniones previas a la edición.
Te comenté que mi tío era escultor y un amigo de mi padre, pintor, circunstancias que fueron generando en mí una atracción por las artes plásticas, aunque durante gran parte de mi vida descarté la idea de poder dibujar o pintar. Pero un día que no podía escribir ni leer, en una situación especial, comencé a garabatear sobre un papel. Al poco tiempo estaba en un curso teórico en el MALBA Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. En uno de esos viajes al curso, en un semáforo, vendían unas linternas con forma de celular, casi de juguete, y compré una. Ese día el tema era el surrealismo, y se presentó la técnica del frotagge. Se dictaba en el cine en el que proyectaban imágenes de las obras. Cuando apagaron las luces, la linterna se prendió y no sabía cómo apagarla. Llegué a mi casa con las imágenes frescas de Marx Ernst, busqué rugosidades para frotar y mi primer ayudante fue la “linterna-celular”, que agotada las pilas iluminó mis papeles. Luego, advirtiendo las limitaciones del frotagge, me anoté en el curso de dibujo con modelo vivo que daba Pesce en la “Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes”. Pesce es un excelente dibujante y también un buen maestro; tuvo toda la paciencia y no abandonó la propuesta de dibujar sobre una extensa hoja sobre un caballete, cuando yo pedía hacerlo en papel carta para que los monstruos que dibujaba estuvieran más controlados. Al año siguiente tomé clases de pintura con Eduardo Médici (quien ilustró “Lo que tanto ha muerto sin dolor”), con el que internalicé las diferencias entre pintar y dibujar. Cuando comencé dibujaba con el pincel como si fuera un lápiz. Luego trabajé también con maderas y objetos intentando armar pequeñas esculturas. En una visita a mi casa, Blas Castagna las vio y elogió, lo cual me hizo bien, porque seguí incursionando en “presentar” objetos que compro en el Parque Centenario, que van de una parte de una cerradura a una antigua jabonera, que intervengo y monto sobre una base.
Nunca expuse, y salvo el entorno íntimo nadie conoce mis producciones, aunque con Héctor Freire, quien ha tomado clases de grabado, tenemos planeado en algún momento hacer una muestra.
15 — En “Las poéticas del siglo XX” apunta Raúl Gustavo Aguirre: “Parece que fue Balzac quien dijo una vez: ‘Si yo llegara algún día a poder escribir exactamente aquello que quiero escribir, sería sin duda el más grande escritor de todos los tiempos’”. ¿A quiénes les cabría la calificación de “más grandes escritores”?
DC — “El más grande” y “de todos los tiempos”, son declaraciones de amor. Yo lo estoy pensando con un amor más atemperado, fuera de los cánones de genialidad, perfección o reconocimiento universal; lo pienso desde mi ligazón afectiva, lo cual hace de un escritor un compañero mayor, querido, admirado, que se registra cerca de la amistad. Ellos son dos poetas, Fernando Pessoa y César Vallejo; dos narradores, Julio Cortázar en sus cuentos y Alejo Carpentier en sus novelas; dos ensayistas, Gastón Bachelard y Roland Barthes.
16 — Te oí hace poco en una entrevista radial. Anticipabas que estaba en proceso de escritura un libro que se llamará “Álbum de palabras”. ¿Cuáles aloja el álbum?
DC — Es un libro inédito que aún no está cerrado, en el que las palabras se disponen en un orden alfabético, como un diccionario. La palabra álbum me sugiere un espacio disponible y vacío, en blanco, proviene de Albo del cual deriva Alba, “aurora”. También reúne un aspecto de la niñez, que se remonta a la colección de figuritas, al deseo de pasar del álbum vacío al completo. Entonces en esa obra confluyen escritos que escapan de los géneros, reflexiones que surgen a partir de una palabra o sobre las palabras, dándome un espacio para mi pasión por la etimología. Por ejemplo, pensar la palabra “catalejos”, descomponerla y encontrar en ella el término catar, que frecuentemente lo ligamos a una operación cognitiva a través del gusto, cuando es un término abierto a todos los sentidos, como le incumbe a “catar con la vista algo que está lejos”. O pensar la palabra “piropo”, que comienza remitiéndose al fuego (piro), acaso una mirada ardiente, etc.
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Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Daniel Calméls y Rolando Revagliatti.
http://www.revagliatti.com/041025.html

“En el ensayo se pone a trabajar una idea y se adopta una posición frente a un fenómeno: parte II_1”

“En el ensayo se pone a trabajar una idea y se adopta una posición frente a un fenómeno: parte II_2”
En el ensayo se pone a trabajar una idea y se adopta una posición frente a un fenómeno: parte II_4
En el ensayo se pone a trabajar una idea y se adopta una posición frente a un fenómeno: parte II_5
Daniel Calméls nació el 26 de septiembre de 1950, en Sarandí, provincia de Buenos Aires, Argentina, y reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Es psicomotricista, egresado de la Asociación Argentina de Psicomotricidad en 1983, y psicólogo social, egresado de la Primera Escuela Privada de Psicología Social “Dr. Enrique Pichon Rivière” en 1986. Ha sido el fundador en 1980 (y coordinador hasta 2005) del Área de Psicomotricidad en el Servicio de Psicopatología Infanto Juvenil del Hospital Escuela General San Martín. Ha dictado cursos y seminarios en numerosas instituciones de su país y del extranjero. En el género ensayo publicó a partir de 1996 los volúmenes “El cristo rojo. Cuerpo y escritura en la obra de Jacobo Fijman” (Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores), “Espacio habitado. En la vida cotidiana y la práctica psicomotriz”, “Cuerpo y saber”, “El cuerpo en la escritura”, “El libro de los pies. Memoriales de un cuerpo fragmentado I” (Primer Premio Fondo Nacional de las Artes año 2000), “El cuerpo cuenta. La presencia del cuerpo en las versificaciones, narrativas y lecturas de crianza”, “Del sostén a la transgresión”, “La discapacidad del héroe”, “Fugas, el fin del cuerpo en los comienzos del milenio”, etc. Participó en doce libros colectivos de ensayo. Colaboró con frecuencia en las revistas “Cuadernos del Camino” (como Daniel Duguet), “Generación Abierta”, “Barataria”, “Abecedario”, “Topía”, e integrando el consejo de redacción, en “Suburbio”. En la actualidad lo hace en las revistas “Cuerpo” y “El Psicoanalítico”. Un volumen reúne su narrativa breve: “La almohada de los sueños” (Buenos Aires, 2007); y en 2011, en Madrid, aparece otro, conformado por el cuento que da título a la colección, en versión infantil, con ilustraciones de Claudia Degliuomini. Poemarios editados: “Quipus” (1981, en coautoría con Patricio Sabsay y Héctor J. Freire), “Desnudos” (1984, en coautoría con Héctor J. Freire), “Lo que tanto ha muerto sin dolor” (1991; Faja de Honor Leopoldo Marechal, en 1992), “El cuerpo y los sueños” (1995), “Estrellamar” (1999, prosa poética; Primer Premio Rodolfo Walsh – Derechos Humanos, otorgado por la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Secretaría de Derechos Humanos, en 1996). En 2005 la Editorial Colihue da a conocer su antología poética personal “Marea en las manos”. Inéditos permanecen más de diez libros de ensayo de su campo profesional, además de “El derecho de crear”, ensayo sobre literatura, y el poemario “Amaramara”.
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