
PRIMERA PUERTA
Ahí la puerta, la primera,
jaspe y tinta oscura.
Nunca supe a dónde iba.
Me preguntaba entonces si se abría
hacía un pasillo,
un zaguán de flores,
si era el fin o el principio.
Creo que la vida se me fue mirando esa puerta.
Después supe que era la vida misma.
Siempre una puerta con un cerrojo,
pero como la puerta hablaba
no tuve miedo de guarecerme detrás de su estructura.
Era simplemente mi puerta.
A veces llameante,
algunas veces sonora
como un dejo de violín.
Mi madre era esta primera puerta
Y un día emergí
sin demasiadas esperanzas.
Sabía ya del fatum,
la pisada fuerte,
la angostura,
la huella.
¿Quién iba a ser yo detrás de la puerta?
¿Cuántas otras puertas debían ser transpuestas?
Todavía lo ignoro.
Todavía no he abierto la última clausura.
SEGUNDA PUERTA
Esta es la puerta de mi padre.
Veo ahora la inmensidad de la llanura,
el río que no se doblega
y los árboles macizos.
Aquí no había puerta alguna
y el aire era total y transparente.
Los pájaros, en sus nidos,
albergaban la esperanza.
A lo lejos se divisaban los cerros,
ocre,
llameantes
de pastizales altos
donde el ganado llegaba a pacer.
Al norte, siempre al norte,
sentía entonces la mirada perderse
en los montículos
y en los riachuelos.
Escondido se hallaba el mar,
su canto de sal,
su olor a pez,
su brumoso oleaje.
Esta era la puerta abierta,
la indivisa,
la que veo ahora
entre los sueños.
SIEMPRE LA PUERTA
Estoy aquí dentro.
La puerta está cerrada
Y no puedo salir.
No hay una llave,
No hay un agujero.
Me aprieto contra la pared.
Intento derribar algún muro,
Pero yo soy una prisionera.
Esa fue mi condición desde que nací.
Prisionera, me digo.
Siempre de una cárcel a otra.
Sin redención alguna.
Podría pensar que se trata de un tema de conciencia.
Pero no.
Viene de atrás,
de muchas vidas anteriores.
Yo pregunto por qué la puerta
siempre está cerrada.
Pregunto por mi libertad,
por mis zapatos negros,
por el suéter ajustado,
por los días que he descontado
en cautiverio.
Pienso en la redención.
Las cartas del tarot
me lo han dicho:
una torre cae y es el número dieciséis
Que vuela, cae y destruye.
Yo: la prisionera.
Yo: la colgada de los pies.
Yo: la sacrificada.
La habitación está cerrada
con cuatro candados.
Ninguna llave abrirá la puerta
hasta el final de mi tiempo.
Si tú encuentras la llave,
Lánzala debajo de la puerta,
Ábreme
y cántame despacio una canción de cuna.
Puede ser Madame Butterfly.
Si te queda tiempo,
Si me escuchas,
Si no muero en cautiverio,
Ven, derriba uno de los muros
y libérame.
Mía Gallegos nació en Costa Rica en abril de 1953. Es escritora, periodista, ha publicado libros de poesía, de cuentos y de ensayos. Sus libros de poesía: Golpe de Albas. Los Reductos del Sol, Los Días y los Sueños, El Claustro Elegido, El Umbral de las Horas. Cuentos y prosas poéticas: La Deslumbrada. Ensayo: Tras la huella de Eunice Odio. En el año 2020 se publicó una Antología de su poesía en la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La Editorial Nueva York Poetry Press publicó en el 2021 su poemario Es polvo, es sombra es nada.
Sus poemas figuran en antologías latinoamericanas y de España. En 1985 participó en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa en los Estados Unidos. Ha recibido en tres ocasiones el Premio Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía. Pertenece a la Academia Costarricense de la Lengua.










