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Quedar varada entre esta vida y la otra, sin consentimento, me lastima: parte II | Rolando Revagliatti, Yamila Greco

Quedar varada entre esta vida y la outra, sin consentimento, me lastima parte II

Entrevista realizada por Rolando Revagliatti

 

          7 — “La poesía me mantenía viva.” 

 

          YG — Y sucede una muerte. El día en que mi padre falleció, amanecí sabiéndolo. Pasé la tarde a su lado, alternando la lectura con la rotación de su cuerpo, espantada por la escara que dejaba al descubierto que la vida ahí ya no era posible. Me miraba y yo notaba sus ojos atascados entre esto y lo extraño, queriéndome reconocer, pero desconociéndome. Finalmente, caí rendida entre sus brazos. Desperté sobresaltada y lo vi intentando ahogarse con su ropa, hundía la tela, desesperadamente, con el fin de atravesarse la garganta. Fui incapaz de ayudarlo, en la ferocidad de su fuerza, mis manos se querían ir con él. Y entonces vi la muerte por única vez. Mi padre gemía señalando un ángulo vacío de la habitación. Yo buscaba con mis ojos aquello que no podía ver. No había nadie, nada, pero su presencia se sentía como algo inequívoco. Los médicos me sacaron de la sala. Al regresar, no tuvieron que decirme nada. Mi padre se había ido. Entré, toqué su rostro y solo sentí la piedra, un cadáver rígido, que reposaba como un elemento más, igualmente vacío, sin entidad ni calor. 

 

          Ver consumirse a la persona más firme de tu existencia es el comienzo de la orfandad, en el aspecto más profundo y absoluto. La desaparición física nos enfrenta con la certidumbre inexorable de nuestra propia muerte, la voz de la sangre calla un cuerpo, pero exclama la eternidad a través de otros; en este caso, yo. Saberlo no deja de hacerlo terrorífico. El día de su partida, algo se perdió en mí, para siempre. Esto me generó una dualidad emocional, aunque jamás culpa. Me encontraba desolada, pero en el momento en que sucedió me sentí liberada.

 

          De esa época datan algunos poemas de “Respirar puede ser un fracaso”. Los meses que lo acompañé en el hospital, lo cuidada y escribía. Los textos son tan fieles para mí que los leo y son como un hachazo, un regreso inmediato a ese espacio donde la vida de mi padre se apagó. Hoy no podría hacerlo. El dolor traspasó todas mis fronteras. La perseverancia viró hacia un sitio muy apartado, donde sobrevivir es, acaso, la última voluntad.

 

          8 — ¿Y a su muerte?

 

          YG — A su muerte descubrimos que la vivienda familiar se encontraba hipotecada. Imposibilitadas de abonar la deuda, comenzó un larguísimo juicio en el que, luego de algunos años, perdimos nuestro hogar. Mi padre no había dejado nada. Carecíamos de dinero para comer y pagar los servicios. Vivimos sin luz ni gas durante meses. Yo tenía veintiún años, y convivía junto a mi madre y mi hermana diez años mayor y diagnosticada con esquizofrenia. Me hice cargo de ambas. Llevé sobre mi espalda todo lo que conlleva la vida familiar. De repente, era mi padre. Demasiadas traiciones familiares giraron en el medio. Relaciones turbias entabladas por mi entorno que yo desconocía. Habitábamos la casa mientras el proceso seguía su curso. 

 

          La situación era terrible, compleja. Luego, cuando mi madre decidió irse a vivir con su nueva pareja, quedamos, mi hermana y yo, solas. Ella enferma, y, para ser sincera, yo también. Sobreviví escribiendo, a la luz de la vela, con la tragedia más grande por mí conocida pisándome los talones, sin otro fundamento que cantar aquel infierno. 

 

          Comenzamos a vender las estufas, aprendiendo a despedirnos de la casa que, lenta e imprecisa, parecía que quería retenernos. Los días más oscuros pasaban así, presas del pánico y de ese lugar inhabitable, esperando la muerte como ninguna otra presencia. Mi hermana vagaba por las habitaciones, como un fantasma, eso es lo que éramos, gemía y lloraba porque desconocía dónde iba a vivir. Yo la seguía, pensando si algún día habría de hacerlo. 

 

          Para paliar aquellas horas de desgracia, cantábamos. Eran canciones inventadas que nos causaban una especie de risa apagada, y de inmediato el pánico, de nuevo. Hasta que nos tuvimos que ir. Su tutora se la llevó con ella. La internaron y la vi una sola vez más desde entonces. Conseguí la dirección del hospital donde la habían dejado, un sitio espeluznante, caído a pedazos con internos que esperan un taxi frente a una pared blanca coronada por alambres de púa: literal. Al verme me abrazó y lloró; cuando le dije quién era me soltó. Me había confundido con su hija. 

 

          9 — ¿Y tu casa?

 

          YG — Cuando, por obligación, abandoné aquella casa donde nací y me crié, ya sin puertas, rotas las ventanas, poco más tarde, volví. Estaba deshabitada y no habían cambiado la cerradura. Yo entraba por las noches, me sentaba, a oscuras, en la habitación que alguna vez les perteneció a mis padres, encendía una vela y volvía a plasmar el desastre. Un ejercicio continuo, que me sacaba del mundo conocido y me metía en uno peor, mucho más real, pero que tenía la necesidad de enfrentar. Poblaban el cuarto varias de nuestras pertenencias, las que no pudimos rescatar. Las veía, por lo tanto, caídas en el suelo de un sitio destruido; los libros pertenecientes a mi niñez, manchados por el brutal paso del tiempo, plagados de imágenes que vieron épocas mejores. 

 

          Lo escalofriante nacía de lo idéntico: las mismas letras, iguales frases que cuando ocupaban un hogar feliz; aquellas ruinas, la pérdida de toda esperanza en esa estructura, deformaron algo en mí, para siempre. La identificación entre esos muros y el presente, en contraposición con mi origen se encontraba en una cortina deslucida donde aún podía ver la marca de mis manos, los espejos arrancados, la cocina deteriorada. Y si bien conocía la verdad, incluso apartándola, me sentía protegida por aquellas paredes que me vieron crecer. Creía que esa era mi casa y quizás, con un esfuerzo mayor, con la poca distancia que anidaba entre el papel y yo, podría escuchar nuevamente la voz de mi padre. 

 

          Nunca más volví. Me alejé confiando verla en llamas. 

 

          10 — ¿Nos centramos en tu poesía?

 

          YG — Mis poemas son lo que fui, tal cual soy. Nacen de la necesidad genuina de formar mi propia familia, ahí, entre las palabras. La poesía me salvó, obligándome a la vida, muchas veces a mi pesar. Es, en consecuencia, la esperanza que jamás busqué. Así y todo, en esos momentos cuando el abismo es un cuerpo en sí mismo y su presencia lo cubre todo, yo no escribo, y cuando no lo hago sé que estoy en peligro. Luego, surge, irrefrenable, la fuerza que me protege y me acompaña, que logra que me siente en una mesa adelante de la máquina, aferrada a la hoja para seguir tejiendo mi supervivencia. Hoy, con el paso inevitable de los años, el cansancio hace que me acerque al mutismo. El tiempo se torna cada vez más tenebroso y el trabajo requiere una consciencia que no estoy dispuesta a exponer. Temo que pronto llegue el día en que me encuentre cara a cara con el silencio. Quedar varada entre esta vida y la otra, sin consentimiento, me lastima. Esto sucede cuando se acarrea una existencia plagada de desviaciones y presentimientos. Y eso es lo que interfiere con mi esfuerzo. Una especie de cautela, de vergüenza amarga ante la descripción. Si fuera meramente un hecho estético, todo sería más simple, pero es superior incluso a cualquier auxilio.

 

          De todos modos, hoy me encuentro finalizando mi tercer poemario, aún sin título. Son textos que maduraron cuando me aparté de aquel infierno físico, el descubrimiento de que por más que ceda a las tinieblas, vuelvo, obstinada, a buscar la paz que solo concibo en la escritura, si bien sé que nunca podré escapar de estas sombras que construyeron mi corazón desde sus inicios.

 

          11 — Tu mundo cambió y, según testimonios o declaraciones, el mundo de muchos cambió en gran medida a partir de esa “contranovela” de Julio Cortázar, “Rayuela”, publicada en 1963. ¿Qué otras obras, Yamila, fueron dejando en vos huellas profundas? 

 

          YG — “Las mil y una noches” marcó mi infancia y me permitió el acceso a un mundo desconocido, lleno de magia, de peligros y posibilidades escondidas. La obra de Jorge Luis Borges, genio absoluto, sobrenatural y maravillosa, otorga la llave que abre todas las puertas. Fiódor Dostoievski, todo. Hermann Hesse, Henrik Ibsen. Juan Carlos Onetti, cuya voz es para mí un auxilio. Roberto Arlt. Alfred Döblin, y su monumental “Berlin Alexanderplatz”, adaptada por mi amado Fassbinder, en una serie imperdible de catorce capítulos para televisión en 1980. Fernando Pessoa, sobre todo el “Libro del desasosiego”. “La Ilíada”, “La Eneida”. “Rojo y negro” de Stendhal, “El extranjero” de Albert Camus, “El maestro y Margarita” de Mijaíl Bulgákov, “La náusea” de Jean-Paul Sartre, “Diario de un seductor” de Soren Kierkegaard. Franz Kafka, Camilo José Cela, Mariano José de Larra, Goethe y mi otro amado, Ramón del Valle-Inclán, con especial cariño por “Luces de bohemia”. 

 

          12 — Has destacado a Jorge Enrique Ramponi (1907-1977). ¿Cómo accediste a su obra? ¿Nos trasmitirías tus impresiones sobre su poética?

 

          YG — Accedí a su obra a través de un antiguo amigo. Era imposible hallar sus poemarios en los estantes de las librerías. Me ocupé de rastrearlos y encontré ejemplares de “Piedra infinita” y “Los límites y el caos”. Ramponi es la poesía hecha cuerpo. Su frase “Piedra es piedra” posee una claridad tan cierta, sencilla y precisa que existe poco que lo supere. Su poesía es el canto de los despiertos, sus poemarios son ejemplos manifiestos de lo que es un corazón vivo. 

 

          13 — Tu apellido me traslada naturalmente a ese pintor nacido en la isla de Creta en 1541: El Greco. Y a “la musa de los existencialistas”, la cantante y actriz Juliette Gréco. Y como tanguero que soy a Vicente Greco (1886 o 1888-1924), uno de los insoslayables músicos de la Guardia Vieja. Hablemos, te propongo, sobre tus predilecciones pictóricas y musicales.

 

          YG — Mis gustos musicales son muy amplios. Escucho música clásica, tango, bossa nova, jazz, heavy, punk, rock, según mi ánimo, el cual es caótico, pero en casa suenan, siempre: Enrico Caruso y su voz que me perfora el alma, lo que me lleva a esa magnífica, tremenda obra de Herzog, “Fitzcarraldo”, película que no puedo recordar sin que se me agite la sangre. Danzig, muchísimo. Ramones, a quienes vi tres o cuatro veces. Billie Holiday, a veces sueño con ella. David Bowie, Alice in Chains, Héroes del Silencio. Y Leonard Cohen, al que tuve la oportunidad de ver en concierto en 2012, en Barcelona. Viajé para verlo en vivo y para caminar por el callejón del Gato, en Madrid. En cuanto a lo pictórico, me impresionan El Bosco y Francisco de Goya.

 

          14 — Daniel Rojas Pachas, en el prólogo a tu “Respirar puede ser un fracaso”, advierte “vasos comunicantes” entre esa poética y las de Benn Gottfried y el Conde de Lautréamont. ¿Coincidís? ¿De qué otras poéticas te sentís próxima?

 

          YG — Sin duda, la obra de Isidore Ducasse me conmovió profundamente. Lo conocí de casualidad. Yo tenía diecisiete años. Fue en una feria, en un puesto de libros usados. Me acerqué y el primer libro que vi fue “Los cantos de Maldoror”, y el segundo, “Oficio de tinieblas 5” de Camilo José Cela, una obra potente, con un manejo de la ironía extraordinario, excelso. Me llevé ambos. Cuando abrí aquellas páginas de Maldoror supe que yo también habitaba ahí, en cada una de las palabras que generan sus cantos poéticos; un filo que atraviesa, buscando algo más, casi como un ensayo metafísico. Luego, se sumaron las voces de Charles Baudelaire, Federico García Lorca, John Milton, Novalis, Rosalía de Castro, Vladímir Maiakovski, San Juan de la Cruz, Walt Whitman.

 

          15 — ¿Qué poemas tuyos más valorás o más querés?

 

          YG — Estimo y valoro cada uno de mis poemas. Son la memoria de mi vida. Cuando los leo, inmediatamente recuerdo cada momento, todos los instantes; dónde los escribí, qué sucedía a mi alrededor, qué no. Cualquiera de ellos me remite a mí misma en el pasado y hoy, cuando los leo en el presente, es decir, en el futuro de aquella que fui; noto que jamás estuve sola, que me tuve a mí misma. Ése es el motivo por el que aún existo.

 

          16 — ¿Tamborileo, mugido, cacareo, gañido, rebuzno o zureo?

 

          YG — En mis descensos seguramente he asimilado sonidos ajenos. Mi parte animal se encuentra siempre propensa a despertar; sin embargo, de escoger, elijo mi propia voz, siempre. 

 

          17 — ¿Por cuáles de las siguientes aseveraciones te percibís “más” alcanzada, y por qué?: Oliverio Girondo: “La poesía siempre es lo otro, aquello que todos ignoran hasta que lo descubre un verdadero poeta.” Juan Gelman: “Toda poesía es hostil al capitalismo.” Liliana Heer: “Al Poeta se lo distingue por la manera de no decir ciertas cosas, por la manera de decir otras, por su peculiar hábito de ceder al vacío central, por deslizarse en caída libre hacia un campo móvil, por habitar una discordia interminable.” Alberto Luis Ponzo: “La poesía no es violenta pero violenta el modelo elaborado para bloquear el ejercicio pleno de la vida.”

 

          YG — Con la de Girondo, sin duda. Rimbaud lo expresa maravillosamente: “Ver lo invisible, oír lo inaudible”. La poesía es la acción de devolverle a la vida sus otras existencias, lo indefinido a la materia. El poeta capta y revela los entornos escondidos, añadiendo otra realidad a la expresión. Creo firmemente en la palabra como testimonio y figura sobresaliente de lo advertido.

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Yamila Greco y Rolando Revagliatti.

www.revagliatti.com

 

 

 

 

Foto de Yamila Greco. Autor da fotografia: David Cortijo Arellano.

Yamila Greco nació el 29 de agosto de 1979 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, la Argentina. Sus poemarios “Sobrevivir es una curvatura” (Casa Litterae Editores) y “Respirar puede ser un fracaso” (con prólogo de Daniel Rojas Pachas, Editorial Cinosargo, 2009) fueron publicados en Chile y en soporte electrónico. Ha sido incluida en las antologías “Niños que se tragan la luna” (selección de José Antonio Castillo Riaño y prólogo de Benjamín Valdivia, El Cálamo Editorial, México, 2009), “Cadáver en mano” (Visceralia Ediciones, Chile) y “Verso a verso” (selección y prólogo de César Melis, Editorial Dunken, 2008). Poemas suyos han sido traducidos al italiano, inglés y catalán. Para la revista-e mexicana “Círculo de Poesía” efectuó en 2009 la selección de poemas para “Breve muestra de poesía argentina actual”. Además de haber colaborado en numerosas plataformas de Internet, lo hizo en diarios y revistas de soporte papel: “La Gualdra” (suplemento cultural del periódico “La Jornada Zacatecas”), “Casa del Tiempo” (México); “Fanzine Formidable”, “El Invisible Anillo”, “Nayagua”, “Pélago” (España); “Avatares” (Colombia); “Lilith” (Argentina), etc.

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