
La noticia de Dios me llegó, creo, a través de la liturgia celebrada en la iglesia de mi pueblo: enorme, bella, misteriosa y nuestra. La idea de la religión fue algo posterior y, apoyándome en la religión, llegué a elaborar un sencillo concepto divino.
Ese proceso fue facilitado por mi madre. Iba con ella a los oficios religiosos, situándonos ambos en el área femenina familiar. Sepultura se llamaba el espacio, porque debajo había enterramientos antiguos bien delimitados. Detrás del hachero de la abuela, soporte de cirios y velas, estaban los reclinatorios. Se colocaban allí mis tías y los primos pequeños. Duró poco tiempo, porque enseguida quise pasar a los bancos de niños, enfrentados y simétricos de los ocupados por las niñas. En medio de ambos espacios escolares, quedaba el pasillo central y los puestos destinados a los miembros del Ayuntamiento. Los demás hombres se colocaban en bancos largos a lo ancho del final de la nave.
Hay que imaginar el impresionante retablo mayor, imán de todas las miradas. Imaginado, veamos, justo debajo y delante, el altar de las misas coronado por el sagrario. Todo ello en un espacio más elevado que el resto de la iglesia, separado por una verja de hierro en los laterales y la escalinata central. Lo recuerdo, allí no podían subir las mujeres cuando el sacerdote oficiaba. Ignoro si encontraba yo extraña la discriminación. Los monaguillos debían ser niños y quise ser monaguillo muy pronto. Todo lo hice muy pronto, es verdad. Un cíngulo trenzado o un cinturón de cuero sujetaban las faldas de los manteos para que no las arrastrara. Aun así, a veces se soltaban parcialmente y pisaba el borde, despertando la risa en los asistentes.
Pasado el tiempo, vinieron el internado y las dos mil trescientas misas obligatorias. Pero eso es otro contar. Primero conocí la realidad de los oficios religiosos, misa y sermones. Debieron llamarme poderosamente la atención.
En verano, durante el almuerzo de los agosteros, representaba yo una misa propia. Hacía de cáliz un vaso alto de madera, de esos tallados por los pastores con la navaja, usados para beber la leche ordeñada en los pastos del páramo, corrales de piedra donde tenían su chozo. Repetía la liturgia de manera bastante aproximada. Consagración inclusive; terminando la misa con un sermón muy piadoso. Tendría cuatro años o cinco por aquel entonces.
Dios debió de llegarme niño en la Navidad, y en las oraciones rezadas al acostarme dirigido por mi madre. Jesusito de mi vida, cuatro esquinitas, y otras así. No sé el momento preciso en que Dios se hizo adulto, pero debió de ser en Semana Santa; ruptura total con todo lo anterior. Incluso el templo se transformaba con aquel largo lienzo, descendiendo hasta el suelo sobre un altar del lateral derecho, mostrando escenas impresas de la Pasión. Dios moría realmente para los niños: podemos hacer lo que nos dé la gana, decíamos, porque no hay Dios. Llegaba el domingo y todo volvía a la normalidad; alegría de la Resurrección, preludio del día feliz de las rosquillas.
Íbamos ese lunes, por cuadrillas, de casa en casa de las muchachas. En cuyas puertas cantábamos canciones ensayadas, en secreto, desde tiempo atrás por los miembros solos de la cuadrilla. Mantecados, magdalenas o rosquillas nos daban como premio. Quizá huevos o algo de dinero.
Este preámbulo sirve para diferenciar la idea o concepto de Dios, de la realidad de Dios. Cuando hablo de Él, hablo de esa idea. Creo que no he sentido nunca su realidad, es decir la presencia de su esencia. En el internado de frailes, a los nueve años, pude acercarme al ambiente de su existencia, pero no ocurrió; siguió siendo una posibilidad.
Sí, el demiurgo platónico, según supe más tarde. Sobre esa posibilidad trabajaron, en mí, pensamiento e imaginación desde entonces. El primer principio: ahí estaba la necesidad de buscar explicación. La idea de Dios encajaba en su hueco como el dedo en el anillo perfecto. Eso era todo. Justificación del primer principio, origen del Universo, Creación.
Un Dios creador nada más. El demiurgo, autor y alma del Universo. Los frailes, en sus explicaciones, añadían el Dios conservador, la divina Providencia. Recuerdo la definición: Providencia es el cuidado amoroso puesto por Dios en todo lo creado. Fue ese Dios conservador de la obra, encargado del mantenimiento, quien comenzó a defraudarme. Las noticias de desastres naturales o provocados, repetidos sin ningún asomo de arreglo providencial, me hicieron desentenderme de esa parte divina complementaria.
Conocí al Dios Creador, protagonista del relato bíblico, Génesis, en las clases de religión. Asignatura donde, interesado por la historia sagrada, saqué matrícula de honor el primer año de bachillerato, a los diez años. Pronto empecé a manifestar dudas. Por eso el fraile me pasó de manera ejemplarizante al grupo de los díscolos.
Omnipotente y eterno. Sí, al término de su tarea creadora, durara esta lo que durara, dejaba de ser necesario. Justificado el primer principio, respecto a la necesidad de explicación del hombre, su tarea acabó.
Quedaba la posibilidad de que, quince mil millones de años después, la Creación no se hubiera terminado; pero esa posibilidad, de confirmarse, reducía su atribuida Omnipotencia. Esta elucubración elemental, la hacía sin plantearme el hecho de su existencia real.
Quise ser misionero en África. Esto es algo no contado a más de cuatro personas. Fueron meses de intención terminados en un viaje a Burgos desde Madrid, cuando aún no había cumplido los dieciocho años. Viajé toda la noche en el tren, con una autorización paterna recién escrita y firmada por mi propia mano. Iba decidido a ingresar en un noviciado de frailes misioneros con presencia en África. Pensé mucho durante el largo viaje. Hablé, también, sobre ello. Conversé con un sacerdote que me recordaba a don Jesús Fernández Pinacho, el cura bueno del que fui monaguillo. Le revelé mi intención; no teníamos sueño e íbamos solos en el departamento. Logró convencerme de mi verdad: quería yo ayudar a los necesitados y luchar contra el hambre. No era cuestión religiosa. No deseaba hacerme sacerdote ni convertir a los infieles a la fe verdadera. Eso, me dijo, puedes hacerlo aquí y ahora. En Madrid tienes suficiente campo de trabajo.
De ese modo, sin salir de la estación, tomé el tren de regreso.
Debo considerar muy importante el asunto de Dios, pues escribí sobre él desde el principio de mi escritura. Se trataba de textos sencillos que fueron pasando de un libro a otro. En algún momento me consideré panteísta: O Dios es todo, o no es nada; llegué a escribir. Un Dios Universo como explicación lógica. También estuve enfadado con él, porque escribí: ¡Oh, el Demiurgo!, ¡cuántas cuentas debe saldar sobre sus actos fallidos, sobre sus errores descomunales! Huevo, larva, crisálida y mariposa: esa es la metamorfosis que la humanidad no siguió.
Por eso, para saber lo pensado a lo largo de mi vida, sobre esa cuestión de singular importancia para mí, lo mejor es leer lo escrito al respecto, en prosa y verso, traducido en parte al portugués. Compuse una novela religiosa. Llega a su cuarta versión con el título Pasión, muerte y resurrección de la Señorita Salus
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Búsqueda (Elipse de los Tiempos)
Me inquietaban los enigmas de la primera mirada
y adoré a la Tierra fértil hasta saberla
infecunda sin agua.
Adoré al Agua,
comprendiendo que es cosa del Sol
la inexplicable magia
de la evaporación.
Adoré al Sol, ignorando
que su hoguera arde con llama viva
porque el soplo huracanado del aire
enciende el calor, la luz y la energía.
Y adorando al Viento fugitivo
descubrí mi error,
mi desvarío.
Dios y el hombre (Elipse de los Tiempos)
Los enigmáticos dioses de hoy y de siempre,
faros asidos a los más altos luceros,
perpetuamente insatisfechos si la tradición no miente
pagodas, catedrales, mezquitas, sinagogas, beaterios,
con regocijo aceptan lisonjas de los fieles
manifestándose atajo para los caminantes crédulos.
Incertidumbre (Elipse de los Tiempos)
Indefenso frente al cosmos arrogante
-desnuda raíz bajo la tierra desprendida,
verme insignificante,
larva inactiva-
todas las noches, de manera inevitable,
acepto un Dios a mi medida;
y orgulloso de las manos, satisfecho del cerebro,
irremediablemente,
cada amanecer lo niego.
O grande grito (Diálogo existência experiência. Meus poemas essenciais)
Desequilíbrio insustentável
Nos querem emocionais para nos dominar,
mas nos terão pensadores resistindo.
Os inícios
Gases, líquido, sólido
espaço-tempo, ar,
água, terra, fogo.
O hoje tem uma lenda
calculada em treze mil setecentos
e setenta
milhões de anos completos.
Rotação e translação iam
os mundos a seu devido ritmo
satisfeitos da alcançada rotina
atraentes e atraídos
cantando a universal cantiga
como estava previsto.
Matéria e energia,
em sua cópula engendraram,
sístoles e diástoles,
o inicial sopro de vida.
As causas
Emoção e lógica caminhavam juntas
–humanas complementárias faculdades–
unidas sempre por vales e planuras,
e a inteligência se pensava invulnerável.
Às vezes o pensamento parecia tomar a dianteira,
até que o sentimento avançava decidido
alcançando uma vantagem manifesta
que tentava manter como objetivo.
Assim se produziram os tristes desafios,
começaram irreduzíveis as pendências,
teve fim o necessário equilíbrio
alimentando-se o ódio com as guerras.
O vão ganhou protagonismo nos medíocres,
cresceram os emocionais entre os indivíduos
se transvasou o comum para os acumuladores
e os pensadores foram doravante perseguidos.
As consequências
Meu grito é um grito de desassossego
macho erguido e fêmea valorosa
cidade ou campo aberto
ruas, praças e rondas
vale, ladeira ou cerro
as mãos em megafone sobre a boca.
Meu grito é o grito do dia e da noite
neste pequeno globo tão errado
oito mil milhões de vozes
fundidas em sonoro abraço.
Meu grito é o rugido do tigre e a baleia
de vulcões e sismos
o grito da lava interna,
do vento que inflama as velas dos navios
o desgarrador alarido do furacão e a galerna.
Meu grito é o grito da massa vegetal
grito de araucária, choupo e catuaba,
dos cactos do deserto e o mangue do mangal;
um coro enorme que eleva
sua voz descomunal.
Meu grito é o grito da terra estável
e do líquido mar,
das nuvens cambiantes
e o azul desigual,
a queixa suave
e o bramido estelar.
Meu grito é o grito animal
o grito dos vegetais
e das pedras sem lavrar.
Planetas habitados e infecundos
meu grito brota do desespero universal
exigindo ao suposto demiurgo
sem novas perífrases nem desculpas vãs,
que aclare se o domínio do privado sobre o público
goza do seu apoio ou tem perto o final.
Torre da homenagem, castelo de Valdepero 2011
Estrofa del Vuelo del velero Nova Era (BRASIL Sístoles y diástoles)
Entre la constelación de Orión y la estrella Sirius
durante un mínimo instante los tripulantes perciben,
imagen y semejanza del hombre,
al Demiurgo andrógino
finalizadas las extenuantes tareas de arquitecto
acostado en suave lecho de nubes,
roncando acompasadamente
su sueño sin fin. Grandes, muy grandes
la cabeza, el cuerpo y las extremidades,
dotados de una gran belleza.
Ojos límpidos,
piel tersa
en la desnudez
luminosa que muestra.
Literato ibérico e iberoamericano, académico correspondiente de la Academia de Letras del Estado de Espírito Santo Brasil, galardonado, entre otros, con el Premio Internacional Vargas Llosa de novela, Pedro Sevylla de Juana nació, Tierra de Campos y El Cerrato, en Valdepero, Palencia y España. La economía de los recursos ajustó su comportamiento. Para entender a los mayores, aprendió a leer a los tres años. A los nueve inició sus estudios en el internado del colegio La Salle de Palencia. A los doce escribió una novela corta. Tenía diecisiete cuando llegó a Madrid para proseguir los estudios en Publicidad, Márketing, Psicología, Fotografía y Diseño gráfico.
A los ochenta ha publicado Cesáreo y yo. Memorias quase póstumas. el número treinta y siete de los publicados. Ha vivido en Valdepero, Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid. Pasando temporadas en Cornwall, Ginebra, Estoril, Tánger, París, Ámsterdam, La Habana, Villeneuve sur Lot y Vitória ES, Brasil. Publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, editor, investigador, crítico y narrador; colabora en diversas revistas de Europa y América, tanto en castellano como portugués. Trabajos suyos integran ocho antologías internacionales. Reside en El Escorial, dedicado por entero a sus pasiones más arraigadas: vivir, leer, reflexionar y escribir.










