Cultura

Me llamo Eleonora | Mia Gallegos

ME LLAMO ELEONORA

 

Un ojo profundo y errante nos mira a nosotras, las mujeres.  Somos las habitantes de una perdida galaxia, cuyo nombre desconocemos, donde hay un planeta extenso en el que habitamos tan solo nosotras, con nuestras hijas. Vinimos de otro mundo, mundo que abandonamos después de estar sometidas a las más imponentes atrocidades. Algunas somos cojas, a otras les falta uno o los dos senos.  Nos llaman las castigadas de la especie. Muchas de nosotras mostramos hondas cicatrices en el rostro y el cuerpo.  Un día nos rebelamos, nos marchamos, tuvimos que huir de aquel universo, donde la supremacía masculina era absolutamente avasallante.

 

Los hombres, acostumbrados a ostentar un poder omnímodo, nos temen. No les agrada que podamos procrear a otras mujeres.  Cada vez que va a nacer una niña, el castigo para las madres es aterrador. Debemos renunciar a nuestras pequeñas. Otras las dejan morir. Las madres que no queríamos perder a las infantes ideamos colocarlas dentro de esferas que se iban bogando cielo adentro hasta llegar a la galaxia perdida.

 

Yo soy una mujer de la estirpe de las desmembradas.  Cuando el amo del pueblo supo que albergaba en mi interior a una niña, me amputó un pie.  Sin embargo, seguí por el camino amparada por mis congéneres, algunas de las cuales eran lisiadas también.  Estos hombres, ignorantes y rudos, desconocen que nosotras guardamos un secreto: conservar la vida más allá del fortuito acontecer.

 

En nuestra infancia todas éramos niñas alborozadas y radiantes, vivíamos bajo la tutela de una diosa. Hay quienes han hablado de Deméter, entre ellos, algunos hombres muy singulares, pero son pocos los que hablan de su presencia ahora.  Ellos, los nefastos, acabaron con el culto a la deidad y, en su lugar, inventaron ritos a otros dioses, el de la guerra, el de la muerte, el de la discordia.

 

Fue así como nos convertimos en esclavas.  Esclavas a las que se les teme. Parece que nuestro poder no merma a pesar de los castigos.  Ellos dicen y no se equivocan que podemos oler la llegada del viento, que con unos pocos hierbajos sanamos muy diversos males.  Pero nuestro encanto oculto estaba sumergido: somos capaces de percibir, de ver, de meditar dentro de nuestros frágiles cuerpos. De nuestra condición abismática concebimos crear, con materia de nuestra placenta, una especie de globo, y guardamos dentro a las recién nacidas e hicimos que levaran vuelo.

 

Un día nos percatamos de que nosotras también podríamos irnos, lejos, allá donde le rugido de la tormenta rasga la noche, y llegamos allá, al sitio donde nuestras pequeñas nos esperaban con ansia.

 

Cuando llegamos al distante planeta busqué a mi hija.  Me dijeron que nunca había querido abandonar la vida dentro de la esfera. Yo la miré desde afuera e intenté hablarle.  Ya era una joven adolescente y esa, al parecer, iba a ser su condición eterna. Al verme a través del traslúcido tejido, no me prestó atención.  En realidad habían transcurrido un centenar de  años y ella había perdido conciencia de que se nace de un vientre. No obstante que yo me sentía impactada por su mirada inconmovible, seguía hablándole, haciéndole gestos y ruidos para captar su curiosidad. Pero todo fue en vano. No me dirigió la mirada.  Sus manos seguían silenciosas sobre el regazo.  Esa tarde, cansada ya, me fui con la idea de regresar al día siguiente. Pensé que a lo mejor con el paso del tiempo se acostumbraría a mí y obtendría una respuesta de su parte.

 

Durante las mañanas mis amigas y yo sembrábamos los campos.  Pronto tendríamos la primera cosecha.  Ese día celebraríamos en honor a Deméter.  Las tardes yo las dedicaba a visitar a mi hija.  Los crepúsculos en ese planeta perdido eran en verdad magníficos, se prolongaban durante muchas horas, y además del sol , otras estrellas se tendían mar adentro. En esas horas que pasaba con ella y mientras intentaba comunicarme, solo en una ocasión cerró lo ojos. Yo ignoraba si esa era una señal o si quería simplemente dormir.

 

Volví una y otra vez. Mis cabellos empezaron a encanecer.  Tenía las manos encallecidas de tanto arar la tierra.  De pronto descubrí que ya era una anciana, una vieja coja que tenía una hija sumida en una esfera, guardada, silente, con la mirada fija y las manos inmóviles. No había logrado que me reconociera. Pensaba con tristeza que iba a volver al éter sin poder tenerla en mi regazo.

 

Pertenecíamos a mundos distintos, paralelos. Mientras yo me inclinaba cada vez más hacia la heredad, sabía para entonces que me hundiría más temprano que tarde en la vegetación; ella permanecía imperturbable y el tiempo no transcurría, siempre era la misma joven. Nunca iba a envejecer. Quizás no tendría que enfrentarse al tránsito fatas. No, su cuerpo nunca iba a descomponerse.

 

A pesar de que hacía innúmeros esfuerzos por acercarme y hablarle, no me tomaba en cuenta. Muy adentro de mí estaba segura de que escuchaba mi voz.  No desmayé en mi empeño, día tras día, me acercaba a contemplarla.  No quería, al irme de la vida, olvidar su rostro.  Me percaté de que conforme yo me acercaba, la esfera se adelgazaba, a lo mejor un día cualquiera esta se iba a romper y ella saldría para verme antes de mi partida.

 

Una noche decidí quedarme a dormir a su lado, no quería que nada nos apartara.   Al día siguiente, al despertar, me di cuenta de que ya no estaba la esfera y tampoco mi hija.  Me asusté, pensé que tal vez se había marchado a otros mundos…y me quedé echada sobre el césped, y mientras me ensoñaba, y mientras entrecerraba los ojos, llegó. Venía no sé de dónde. Sobre su hombro estaba posado un cuervo. Era el ave de Apolo…De pronto la escuché hablar y era la suya una voz primigenia.

 

“No lo sabes, me dijo, pero tú y yo somos la misma mujer. Mientras me hablabas fui aprendiendo un lenguaje, aprendí también de tus gestos y fue así como mis manos, antes calladas, empezaron a moverse y a hablar. Tú morirás y yo me quedaré aquí hasta darle origen a otra de nuestra especie. El mundo que dejaste ha desaparecido. Los hombres se mataron entre ellos. El tiempo no ha muerto. El espacio se extiende y corre veloz, y las galaxias se deslíen, se conglomeran.  Ignoro si hay un después, no sé muy bien quién ideó la vida.  Sé, sin embargo, que principio y fin se confunden. Estás a punto de irte.  Yo me quedaré. Mientras el aire te abandona y una mariposa sale de tu ser, una y otra mujer procrea, muere y funda la vida en ciclos que se reproducen.  No me olvidarás, me llamo Eleonora. No digas nunca más… Aquí las palabras tampoco se olvidan.  Yo me llevaré los vocablos, los énfasis, los instantes, el tiempo primordial.”

 

Fotografia de Mia Gallegos

 

Mía Gallegos nació en Costa Rica en abril de 1953. Es escritora, periodista, ha publicado libros de poesía, de cuentos y de ensayos.  Sus libros de poesía:  Golpe de Albas. Los Reductos del Sol, Los Días y los Sueños, El Claustro Elegido, El Umbral de las Horas.  Cuentos y prosas poéticas: La Deslumbrada.  Ensayo:  Tras la huella de Eunice Odio. En el año 2020 se publicó una Antología de su poesía en la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.  La Editorial Nueva York Poetry Press publicó en el 2021 su poemario Es polvo, es sombra es nada.

Sus poemas figuran en antologías latinoamericanas y de España. En 1985 participó en el Programa de Escritores en la ciudad de Iowa en los Estados Unidos. Ha recibido en tres ocasiones el Premio Aquileo J. Echeverría en la rama de poesía. Pertenece a la Academia Costarricense de la Lengua.. 



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